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TESTIMONIOS DE EMPRENDEDORES

Historia de un emprendedor publicada por Revista LIDERES de diario EL COMERCIO.

LA CABUYA DESCUBRE UNA VETA ARTÍSTICA

Jorge Regalado supo distinguir una oportunidad donde otros sentenciaron fracaso. Tomó un proyecto desmoronado, reinyectó energía y capital, agregó valor y lo puso de nuevo en práctica.

Así nació Ecopel hace cuatro años, de un proyecto cerrado por CARE, cuyo objetivo fue mejorar las condiciones de vida de las comunidades de Imbabura dedicadas a la comercialización de cabuya.

La organización humanitaria había invertido cientos de miles de dólares en capacitación, asesoría y maquinaria para el procesamiento de la fibra vegetal. Pero los comuneros "no se apropiaron del proyecto", recuerda Leticia Pineda, Gerente de Desarrollo Económico de CARE, en ese entonces. Esto derivó en costos fijos altos, ganancias insuficientes y la calificación de "no sostenible".

Como ocurre con frecuencia a los emprendedores, se unieron el olfato y la suerte. CARE instaló los equipos para hacer papel de cabuya en Atuntaqui, justo en el terreno contiguo a la planta texitil de Regalado. Ni corto ni perezoso averiguó de qué se trataba y participó en la licitación pública que se abrió para rematarlos. Y se los llevó por 24000 dólares.

Arrancó con una producción promedio de 5000 hojas por mes, pero los problemas cayeron por su propio peso. Elaborar papel artesanal no era rentable, el precio ni siquiera cubría los costos y tampoco había un gran mercado para el producto. Era momento de decisiones. Y se tomaron: generar valor y diversificar la oferta. Se hizo cada vez menos papel, eso sí, más artístico y ornamental y se desarrolló una nueva materia prima: la tela de cabuya. Esto se consiguió gracias a dos factores: horas de navegación en Internet y el conocimiento en ingeniería textil de la esposa de Regalado, Emilia Pineda.

Muñecas, sombreros y billeteras se sumaron al menú. La tela pronto se convirtió en carteras, lámparas y menaje de cocina de estilo étnico. Mientras que el papel formó cuadernos, álbumes y tarjetas en relieve.

Los turistas se engancharon rápidamente. "La mitad de mis clientes son extranjeros", cuenta Tania Ordóñez, distribuidora nacional y dueña de un local en Cuenca. "A ellos les encantan estos productos porque son ecológicos, fáciles de transportar y resistentes". Con ella coincide Silvia Santillán, de la Fundación Galo Plaza, también cliente de la microempresa. "Sus artículos son muy apreciados en los segmentos altos tanto de extranjeros como de ecuatorianos que compran para enviarlos fuera".
Bajo este esquema 'de regalo', los productos de Ecopel han llegado a Alemania, México y EEUU. El gerente ha viajado a Nueva York para intentar exportaciones formales. Pero, aunque interés hay, todavía no encuentra una fórmula para reducir los costos de envío.

La Corporación de Promoción de Exportaciones e Inversiones (CORPEI) busca impulsar este proceso. Según Jéssica Naranjo, responsable del sector de artesanías en CORPEI, Ecopel calificó para el programa CEI (organización holandesa promotora de exportaciones) y recibirá capacitación y asesoría en el proceso de venta al exterior.

La microempresa camina paso a paso. El 2004 cerró con 30.000 dólares en ventas. En el 2005, los ingresos aumentaron un 50%, llegando a los 45.000 dólares. Si bien esto alcanza para cubrir costos, la idea es crecer, consolidarse y ganar. Y parece que las expectativas se cumplen. En lo que va del año, se ha facturado 6.000 dólares/mes en promedio. De seguir así, terminará diciembre con 70.000 dólares en ventas y un crecimiento del 60%.

15 empleados trabajan para la pequeña firma, 14 empresas y 6 ONG's son su cartera de clientes.

Información publicada en el semanario Líderes del diario El Comercio, Lunes 4 de septiembre de 2006, página 14